sábado, 22 de junio de 2024

Amaneceres


Cada mañana, de seis a siete y media, antes de que despierten los niños y empiece una algarabía hiperbólica, desenfrenada, que no cesará hasta, si la suerte acompaña, las nueve de la noche, existe un lapso de calma contemplativa que compensa el madrugar tantísimo, y es por eso que pongo la alarma a la seis incluso los sábados y domingos, cuando no hay prisa por ir a ninguna parte, y si cuando suena decido que me siento descansada, me levanto sin chistar, me dirijo al baño a oscuras a lavarme la cara y mear, temerosa de hacer ruido y que se me joda el plan -cosa que cuando sucede me enfada-, voy a la cocina a por café y me lanzo en plancha al sofá, con la consola y un libro, no sin antes abrir las ventanas para que entre la brisa y penetren los trinos de los pájaros. El mero hecho de estar en silencio y a solas, durante como mínimo una hora, con la posibilidad de leer, jugar o naufragar por la tienda de Nintendo a la caza de algún juego extraño digno de mi ludoteca, me lleva a la antesala del orgasmo. No lo alcanzo, pero lo ando rondando, lo que junto al aire frío cosquilleando y el sonido olímpico de las aves despertando, me llena de estremecimientos. Es el único momento del día en que no lamento vivir en un pueblo, e incluso lo celebro, pero dura poco y enseguida hay que volver al tajo, que es de lo más tajante.

jueves, 20 de junio de 2024

Viejas


Por aquí se desliza el buen tiempo de día en día, como una serpiente, aunque una vez por semana cae un aguacero que deja temblando los postes eléctricos y provoca caídas de Internet. Todo luce perfectamente bucólico y aburrido, aunque también estresante, debido al tedio, que incita a reconcomerse. Hay muchas cigüeñas, lo cual se agradece, pues siempre son algo digno de mirarse, de tan preciosas, con su expresión tierna, casi mamífera, y su crotoreo al castañetear el pico, que a mí, por algún sinestésico motivo, me abre el apetito.

Con el sol brotan las flores en psicodélica ensalada, y salen las viejas, marrones y arrugadas como mandrágoras, a subir y bajar las cuestas. Siempre es más agradable y honesta una conversación con ellas que con los especímenes más próximos a mi edad y circunstancias. Los viejos, especialmente las viejas, es como si hubieran superado la cerrazón propia de estos contornos para abrazar una actitud más espontánea y natural, la que les corresponde, supongo, por estar más del lado de allá que de acá, y es por eso que se puede hablar con ellas, sin importar quién seas ni de dónde vengas, al contrario que con los lugareños en edad militar, que miran raro y hablan con frases hechas para ocultar lo que piensan verdaderamente de uno. O a lo mejor soy yo, que estoy paranoica y poco predispuesta a integrarme con el entorno.


Bestias

 


Los gatos andan raros, excitados, y muestran conductas extravagantes. Por la noche chillan como niños, emitiendo unos vagidos inquietantes, indistinguibles del llanto de los bebés, y por la mañana aúllan como perros, no, como lobos, en busca de a saber qué satisfacciones primordiales. Lo que rara vez hacen es maullar, lo cual demuestra el grado de asilvestramiento y el escaso contacto con seres humanos que tienen estas bestias, que en nada se asemejan a los gatos domésticos de ciudad, con sus caras obtusas y alienadas derivadas de la castración, su deambular absurdo a puerta cerrada, y esa expresión abducida, estupidizada, al mirar por las ventanas hacia el exterior de su involuntaria celda. Parecieran felinos incompatibles, gatos de especies diferentes, a cada cual más intolerable e imbécil.

Puede que se me esté pegando parte del desprecio por los animales domésticos de los habitantes de la zona, si bien dicho desprecio, más que por los animales domésticos en general, es en particular por los animales domesticables que no dan nada a cambio de su rancho. Eso sí, como los gatos matan ratones, son más aceptados que los perros, que huyen despavoridos en cuanto ven que te agachas, acostumbrados a recibir pedradas y rara vez caricias amistosas. Nada que ver con la gazmoñería urbanita para con las mascotas. La relación entre animales y personas, por estos contornos, casi siempre es simbiótica, o sea interesada, y más bien tensa y poco afectuosa. Hace poco se corrió la voz de que un oso pardo había asomado el hocico por San Ciprián, uno de los pueblos más remotos de la zona, y lo siguiente que supimos fue que un grupo de cazadores furtivos leoneses, viejos conocidos nuestros, baja cada semana de la montaña con la intención de darle matarile. Por aquí todo el mundo, salvo tal vez los forasteros amantes de la naturaleza, se pasa la ecología y el animalismo por el forro de la escopeta. Si el animal no aporta nada ni contribuye a la economía familiar, sólo se lo considera una molestia.

Es también bastante curioso el modo en que los lugareños se refieren a los jabalíes, los corzos, los gavilanes y, en general, a cualquier animal animal salvaje que constituya una amenaza para sus corrales y huertos. En lugar de decir "un jabalí se ha comido mis lechugas", "una corza (no hay corzos, sino corzas, ni zorros, sino zorras, pero ése es otro misterio diferente) me ha destrozado el huerto", "un gavilán me ha matado las gallinas", dicen "el jabalí se ha comido mis lechugas", "la corza me ha destrozado el huerto", "el gavilán me ha matado las gallinas", aplicando tan extraño singular que a uno le entran ganas de escribir con mayúscula el nombre del animal. Como si no hubiera muchos, sino uno solo de cada especie, y se tratara, más que de animales, de espíritus primordiales o arquetipos de la naturaleza. Es rarísimo.

Eco terror


El verde jungla tupido que me rodea está empezando a agobiarme de veras. Siento que poco a poco está cercándome, estrechándose en torno al espacio que ocupo en esta casa, tan preciosa y definitiva. A veces me parece verlo moverse, como la boca anillada de un molusco, en círculos concéntricos, cada vez más próximos, que van y vuelven simulando el devenir de una respiración. Otras veces me da por imaginar que una criatura invisible y colosal avanza, a través de la marea arbórea, derrumbando troncos y torres eléctricas a su paso, mientras deja, a sus espaldas, una senda despejada y siniestra. Aunque es un paraíso, me amedrenta. Más que una clara amenaza percibo en el ambiente algo enrarecido, fuera de lugar, como si los árboles me mirasen mal, y el cielo, deseándome la muerte, se cerniera avieso sobre mi cabeza. ¿Por qué es todo tan bello y, sin embargo, no puedo dejar de temblar? Me pregunto si es así como asoma la psicosis, con esta clase de paranoias e inefables despersonalizaciones. Quizá el aislamiento está haciendo mella. Puede que me esté pasando ahora lo que no me pasó en la cuarentena, aquella época tan solipsista y feliz, donde al fin tuve espacio y tiempo para realizarme, algo enfermiza pero muy satisfactoriamente, mientras el resto del mundo naufragaba a solas o malísimamente acompañado. Este verde es funesto, no hay duda, con su terrible simetría de espejo contra espejo, con sus ondulaciones psicodélicas a merced del viento maligno. No existe frescura donde hay intemperie, ni placidez en mi cerebro, que tiende a sobreescribirse. Este edén incógnito, que es una tumba, me llena de nostalgia del infierno urbano.

Amaneceres

Cada mañana, de seis a siete y media, antes de que despierten los niños y empiece una algarabía hiperbólica, desenfrenada, que no cesará has...