sábado, 22 de junio de 2024

Amaneceres


Cada mañana, de seis a siete y media, antes de que despierten los niños y empiece una algarabía hiperbólica, desenfrenada, que no cesará hasta, si la suerte acompaña, las nueve de la noche, existe un lapso de calma contemplativa que compensa el madrugar tantísimo, y es por eso que pongo la alarma a la seis incluso los sábados y domingos, cuando no hay prisa por ir a ninguna parte, y si cuando suena decido que me siento descansada, me levanto sin chistar, me dirijo al baño a oscuras a lavarme la cara y mear, temerosa de hacer ruido y que se me joda el plan -cosa que cuando sucede me enfada-, voy a la cocina a por café y me lanzo en plancha al sofá, con la consola y un libro, no sin antes abrir las ventanas para que entre la brisa y penetren los trinos de los pájaros. El mero hecho de estar en silencio y a solas, durante como mínimo una hora, con la posibilidad de leer, jugar o naufragar por la tienda de Nintendo a la caza de algún juego extraño digno de mi ludoteca, me lleva a la antesala del orgasmo. No lo alcanzo, pero lo ando rondando, lo que junto al aire frío cosquilleando y el sonido olímpico de las aves despertando, me llena de estremecimientos. Es el único momento del día en que no lamento vivir en un pueblo, e incluso lo celebro, pero dura poco y enseguida hay que volver al tajo, que es de lo más tajante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Amaneceres

Cada mañana, de seis a siete y media, antes de que despierten los niños y empiece una algarabía hiperbólica, desenfrenada, que no cesará has...