jueves, 20 de junio de 2024

Viejas


Por aquí se desliza el buen tiempo de día en día, como una serpiente, aunque una vez por semana cae un aguacero que deja temblando los postes eléctricos y provoca caídas de Internet. Todo luce perfectamente bucólico y aburrido, aunque también estresante, debido al tedio, que incita a reconcomerse. Hay muchas cigüeñas, lo cual se agradece, pues siempre son algo digno de mirarse, de tan preciosas, con su expresión tierna, casi mamífera, y su crotoreo al castañetear el pico, que a mí, por algún sinestésico motivo, me abre el apetito.

Con el sol brotan las flores en psicodélica ensalada, y salen las viejas, marrones y arrugadas como mandrágoras, a subir y bajar las cuestas. Siempre es más agradable y honesta una conversación con ellas que con los especímenes más próximos a mi edad y circunstancias. Los viejos, especialmente las viejas, es como si hubieran superado la cerrazón propia de estos contornos para abrazar una actitud más espontánea y natural, la que les corresponde, supongo, por estar más del lado de allá que de acá, y es por eso que se puede hablar con ellas, sin importar quién seas ni de dónde vengas, al contrario que con los lugareños en edad militar, que miran raro y hablan con frases hechas para ocultar lo que piensan verdaderamente de uno. O a lo mejor soy yo, que estoy paranoica y poco predispuesta a integrarme con el entorno.


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