Por aquí se desliza el buen tiempo de día en día, como una serpiente, aunque una vez por semana cae un aguacero que deja temblando los postes eléctricos y provoca caídas de Internet. Todo luce perfectamente bucólico y aburrido, aunque también estresante, debido al tedio, que incita a reconcomerse. Hay muchas cigüeñas, lo cual se agradece, pues siempre son algo digno de mirarse, de tan preciosas, con su expresión tierna, casi mamífera, y su crotoreo al castañetear el pico, que a mí, por algún sinestésico motivo, me abre el apetito.
Con el sol brotan las flores en psicodélica ensalada, y salen las viejas, marrones y arrugadas como mandrágoras, a subir y bajar las cuestas. Siempre es más agradable y honesta una conversación con ellas que con los especímenes más próximos a mi edad y circunstancias. Los viejos, especialmente las viejas, es como si hubieran superado la cerrazón propia de estos contornos para abrazar una actitud más espontánea y natural, la que les corresponde, supongo, por estar más del lado de allá que de acá, y es por eso que se puede hablar con ellas, sin importar quién seas ni de dónde vengas, al contrario que con los lugareños en edad militar, que miran raro y hablan con frases hechas para ocultar lo que piensan verdaderamente de uno. O a lo mejor soy yo, que estoy paranoica y poco predispuesta a integrarme con el entorno.

No hay comentarios:
Publicar un comentario