jueves, 20 de junio de 2024

Bestias

 


Los gatos andan raros, excitados, y muestran conductas extravagantes. Por la noche chillan como niños, emitiendo unos vagidos inquietantes, indistinguibles del llanto de los bebés, y por la mañana aúllan como perros, no, como lobos, en busca de a saber qué satisfacciones primordiales. Lo que rara vez hacen es maullar, lo cual demuestra el grado de asilvestramiento y el escaso contacto con seres humanos que tienen estas bestias, que en nada se asemejan a los gatos domésticos de ciudad, con sus caras obtusas y alienadas derivadas de la castración, su deambular absurdo a puerta cerrada, y esa expresión abducida, estupidizada, al mirar por las ventanas hacia el exterior de su involuntaria celda. Parecieran felinos incompatibles, gatos de especies diferentes, a cada cual más intolerable e imbécil.

Puede que se me esté pegando parte del desprecio por los animales domésticos de los habitantes de la zona, si bien dicho desprecio, más que por los animales domésticos en general, es en particular por los animales domesticables que no dan nada a cambio de su rancho. Eso sí, como los gatos matan ratones, son más aceptados que los perros, que huyen despavoridos en cuanto ven que te agachas, acostumbrados a recibir pedradas y rara vez caricias amistosas. Nada que ver con la gazmoñería urbanita para con las mascotas. La relación entre animales y personas, por estos contornos, casi siempre es simbiótica, o sea interesada, y más bien tensa y poco afectuosa. Hace poco se corrió la voz de que un oso pardo había asomado el hocico por San Ciprián, uno de los pueblos más remotos de la zona, y lo siguiente que supimos fue que un grupo de cazadores furtivos leoneses, viejos conocidos nuestros, baja cada semana de la montaña con la intención de darle matarile. Por aquí todo el mundo, salvo tal vez los forasteros amantes de la naturaleza, se pasa la ecología y el animalismo por el forro de la escopeta. Si el animal no aporta nada ni contribuye a la economía familiar, sólo se lo considera una molestia.

Es también bastante curioso el modo en que los lugareños se refieren a los jabalíes, los corzos, los gavilanes y, en general, a cualquier animal animal salvaje que constituya una amenaza para sus corrales y huertos. En lugar de decir "un jabalí se ha comido mis lechugas", "una corza (no hay corzos, sino corzas, ni zorros, sino zorras, pero ése es otro misterio diferente) me ha destrozado el huerto", "un gavilán me ha matado las gallinas", dicen "el jabalí se ha comido mis lechugas", "la corza me ha destrozado el huerto", "el gavilán me ha matado las gallinas", aplicando tan extraño singular que a uno le entran ganas de escribir con mayúscula el nombre del animal. Como si no hubiera muchos, sino uno solo de cada especie, y se tratara, más que de animales, de espíritus primordiales o arquetipos de la naturaleza. Es rarísimo.

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